27/02/2018

La historia de Bakari Bah, un hombre de oficio capaz de transformar las dificultades en oportunidades

Nosotros lo conocemos como Bakari Bah, pero también le llaman Ibu, o Ibrah… Estos nombres tienen muchas historias detrás, relacionadas con su pueblo y sus raíces, que nunca olvida, pero también con los vínculos que ahora tiene en Barcelona.

Nació en Addibu Galoya, un pueblo Gambia de apenas 400 habitantes, en el seno de una familia numerosa que se dedicaba al cultivo del maíz y el cacahuete. Quería ir a la escuela para aprender a leer y escribir pero suponía un coste que pocos podían asumir para más de un miembro de la familia. “Llegué a estar dos semanas en la escuela pero tenía que pagar hasta la silla donde me tenía que sentar… Cuando cumplí 12 años, viendo que mis hermanos ya tenían trazado su camino y yo había descubierto que me gustaba coser, le dije a mi padre que quería aprender este oficio.”

No era necesario pasar por el colegio para aprender. En Gambia es habitual que sea un familiar quien te enseñe un oficio. Si no, como fue el caso de Bakari, debes buscar a alguien que te haga de mentor e intercambiar sus conocimientos por un sinfín de favores y recados: cuidar a sus hijos, hacerle la compra, ir a buscarle agua… “Tienes que tener paciencia si quieres aprender algo. Algunos de estos mentores llegan a ser desagradables, te insultan o incluso te pegan pero tuve buena suerte…” explica Bakari.

Al final lo consiguió. Después de 7 años aprendiendo de sastre, sin saber leer o escribir, abrió dos tiendas, una de ropa de hombre y otra de mujer. Realmente todo le iba bien hasta le convencieron para venir a Europa a trabajar…

Engañado con la idea de que todo aquí sería más fácil, de que podría hacer prosperar aún más su negocio, pronto tuvo que afrontar la cruda realidad. Llegó a España hace 10 años en un barco pesquero donde viajaban más de 160 personas en muy duras condiciones. Le dijeron que tendría cama, cocina e incluso televisión. “No te dicen la verdad”, se lamenta. “A esas personas que me vendieron el billete no les importaba que llegáramos sanos y salvos.” De aquel fatídico viaje, lo que más le dolía es que le hubieran mentido. Antes de partir de Gambia, invirtió todo su dinero en el pasaje, una buena chaqueta y caramelos, que más tarde le sirvieron para combatir el hambre durante el trayecto. Cuando el frío o el miedo apremiaban, cogía un cubo y empezaba a sacar a fuera todo el agua de mar que se colaba en la superficie. “Gracias a Dios, yo no sufrí tanto en aquel barco, pero pasaron muchas cosas…” Antes de llegar a su destino, vio morir de frío a dos hombres y casi mueren todos por un incendio originado en la cubierta del barco. Después de 10 tortuosos días en alta mar, pisó tierra española por primera vez.

Los primeros años que pasó aquí tampoco fueron un camino fácil. “Salí de África para buscarme mejor la vida pero no podía ni enviar dinero a mi madre para que se comprara un simple saco de arroz”. No tenía documentación pero necesitaba ganar algo de dinero, esta situación desesperada le llevó a dedicarse a la venta ambulante de forma ilegal y tuvo que vérselas en la cárcel. Cuando no podía dormir, preocupado, acosado por el miedo… llamaba a sus padres, que hacían de faro de luz en los momentos en que se sentía más perdido. “Mi madre me decía siempre: “Recordarás todo esto: los días en el barco, los meses en la cárcel, los amigos que se quedaron atrás…la vida es así, pero ya queda poco”. Aunque sabían que su hijo estaba viviendo situaciones muy duras, le ayudaban a verlo todo como un aprendizaje para el futuro.  “Realmente aquello me ayudó y me dio fuerza. Desde aquel día hasta ahora he visto siempre algo bueno, cada día he visto un cambio.”

Ahora hace tiempo que está unido al Proyecto Aferra’t y guarda un estrecho vínculo con las personas que lo forman. En su día, llegó a la Fundación IReS a través de un amigo, que le habló de la entidad y le condujo hasta aquí donde fue conociendo poco a poco a todo el equipo. Por entonces, tenía su situación legal sin resolver pero a través de la intervención de los trabajadores sociales le proporcionaron asistencia legal y formación. Por intervención del equipo de IReS, consiguió que un abogado intercediera por él para reducirle una multa por una pena pendiente.

Una vez resueltas sus circunstancias con la legalidad, aprender a leer y escribir en IReS fue una de las primeras cosas que pudo hacer pero lo que Bakari recuerda con especial cariño e ilusión fue el día en que pudo formar a otras personas en la fundación gracias a sus habilidades. Él sabe que no sólo es sastre; su vocación es idear y fabricar cosas con sus manos y hacer feliz a los demás con ello.

Ahora trabaja de 6h a 8,40h en el mercado de El Clot y después, en Sabadell, donde cose para una empresa de corte y confección. Cuenta con orgullo el valor que tiene su trabajo pues donde unos se especializan en una parte de la creación de una prenda, él puede crearla de cero.

Después de haber retomado el hilo que teje su vida, Bakari ha establecido muchísimos vínculos, ha formado una familia con Alba, su mujer,  y ahora se rodea  nuevas amistades con las que incluso ha creado una asociación para cooperar con su pueblo natal bajo el nombre de Sare Mosa, Pueblo Sonriente. “Sentía que no podía estar aquí comiendo y durmiendo bien sabiendo que mi padre no tenía recursos ni para acudir a un médico. Tenía que hacer algo”.

El próximo 12 de marzo el equipo Sare Mosa, viajará con el proyecto “Gambia al Jeep”, un recorrido por el pueblo Addibu Galoya y alrededores para llevar a sus habitantes más de 1.200 productos de primera necesidad donados desde la Fundación IReS y otras entidades. Estudiarán también de qué manera pueden cooperar con más proyectos de desarrollo local a largo plazo.

Bakari es un testimonio de superación personal de gran valor porque durante los últimos años se ha esmerado en transformar todas sus dificultades en aprendizaje y nuevas oportunidades. Ahora sueña con volver a la comunidad que le vio nacer, Addibu Galoya, para aportar lo que sabe, e incluso entregar gran parte de lo que tiene. Serán pequeñas cosas: Ponerle luz a la casa de su madre; hacer que el alcalde pueda desplazarse para ayudar a los vecinos; permitir que los niños puedan acceder a la escuela… Quizá, es un territorio demasiado pequeño como para salir en Google Maps, pero siendo testigos de la transformación y empoderamiento de Bakari ante la adversidad, no nos atreveremos a subestimar la capacidad de transformación de un pueblo como el suyo, “un pueblo sonriente”.

BAKARI BA